Samuín

Hace frío en la calle, pero no tanto. Puedo cerrar la cremallera de mi chaqueta hasta arriba y volver a disfrutar de la sensación que eso me produce. No me importa mucho que haya terminado el verano. El casi glaciar viento del norte, que saluda sin pudor en víspera de noviembre, es placentero. Podré llegar a casa, desmontar mi armadura y enfundarme en un grueso pijama mientras lleno una copa de vino.

Seré breve. Porque siendo ya tarde, y habiendo terminado casi todos mis quehaceres, el último esfuerzo es decidir si abro el grifo de la bañera y me relajo o, sucumbo a la tentación de ver una película de miedo. No una de esas que intentan promocionar ahora, más absurdas que terroríficas; una de las de antes, que enternecen más que asustan por su falta de recursos, pero de las que conozco detalles escabrosos dignos de mención. Instintivamente pienso en ‘El exorcista’. Descubrí esa inquietante historia tras la historia en un taller de cine hace algún tiempo. La realidad supera la ficción, dicen. Y en eso pienso mientras preparo algo de cenar. Como odio las frases hechas, pero qué bagaje hay en ellas.

Me cuestiono qué es lo que más miedo me puede dar a día de hoy. Es curioso todo lo que pasa por mi cabeza cuando he bajado la guardia, y más curiosa aún toda la espontaneidad y verdad interior que se desparrama a viva voz cuando hay silencio a mi alrededor. Es difícil de explicar pero, seguro que conoces esa sensación de ‘sinceridad’ que surge estando a solas. Aquí me hayo, conmigo, escuchando, mientras oigo a la chavalería corriendo por la calle disfrazados y embadurnados con maquillaje barato y sangre falsa. Pongo algo de música para concentrarme en los pimientos que se están friendo a fuego lento en la sartén y en el aroma del caro aceite que calienta mis pensamientos. Quizá sea el vino.

Creo que uno de los mayores miedos que tengo es decir o escribir lo que de verdad siento y pienso. Me espanta la gente, he llegado a ese extremo. No me importa su opinión y tampoco siento la necesidad de exponerme a una masa desconocida en busca de reconocimiento por mis palabras. Contemplo, en esta época de mi vida, la apasionante calma que produce la intimidad y la privacidad. No me consuela el hecho de que posiblemente las bases de datos en internet me conozcan más que la gente a mi alrededor, pero, pienso en lo políticamente correcto, en la persona sociable que debería ser y me aburre.

Es cuestión de probabilidad, dicen. Cuantas más personas conozcas más probabilidades tienes de encontrar a algunas que merezcan la pena. Me da pereza pensar, que tienes que contar tu ‘historia’ hasta el hastío, buscando una mínima oportunidad de disfrutar del ahora con alguien. No sé si realmente hay gente consciente ahí afuera. Hace ya tiempo que me cansé de buscar, de descubrir tantos egos insaciables camuflados con falsa buena fe. Guardo muchas historias ajenas en mí, guardo recuerdos de personas que ya no están y que, como si Samuín fuese el día de la marmota, salen de sus ‘tumbas’ para atormentarme insaciablemente cuando cae la noche, cuando hay silencio.

Me sirvo otra copa de vino y me río. Que extraño este momento que ocupo en el tiempo, el ahora es fascinante, certeramente reconfortante. No temo a la oscuridad pero sí a mi propia especie. Imagino las hordas devoradoras que succionan el criterio y energía de los demás y me rindo en este momento confesando aburrimiento. Nos encuentro predecibles, egoístas, condenados vampiros de día que ocultan su propia verdad. Echo la carne que acabo de cortar a la sartén y disfruto de su crepitar junto a la verdura. Mi pensamiento culmina en una verdad clarificadora, el problema está justo delante de mí. La materia nos ciega. Todo lo tangible tiene más valor, y nos enloquecemos en la persecución obsesiva de formar parte de un idealismo que no existe. Nos hace falta más filosofía.

Cojo tortillas de maíz y termino la cena. Sirvo varias en un plato y bajo al garaje. El desconocido que tengo bien atado a la columna me mira con cara de pánico, pero contempla con alivio y ansiedad el plato que llevo en mis manos. El cuchillo que usé para cortar la carne está bien afilado, y ya limpio aguarda en el bolsillo trasero de mi pantalón. Mi invitado casi solloza cuando le retiro la mordaza, implora perdón y susurra promesas que ambos sabemos que no cumplirá.

Es cuestión de probabilidad, de entre tantas personas que puedes llegar a conocer siempre hay alguien que no merece ningún tipo de pena, sino perder. Yo ya me cansé de hablar y sentir, pero con la esperanza que me queda trato de aportar más silencio de calidad al mundo. No busco reconocimiento por lo que hago, probablemente nadie lo entendería. Tan solo en esta noche del año siento cierta comprensión, la confianza para brindar por la esperanza de las almas atrapadas. Además, probablemente sea la única noche del año en la que, si alguien grita de dolor, pueda hacerlo sin atemorizar realmente a nadie.

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