Cuando vuelves

La furia se congregaba en su pecho como un gentío emponzoñado buscando justicia. El fuego que se erigía en su interior crecía a medida que comprobaba la realidad oculta bajo el telón, y prendida por la llama de la desesperación, estrelló su puño izquierdo contra la pared.


Aquello no era nuevo, lo sabía. Pero aún así, la dolió comprobar que en la vida hay cosas que no cambian. Mientras se frotaba los nudillos se tiro en la cama y después de un rato intentando controlar su respiración, se quedó profundamente dormida.

<< La niña estaba en la mesa de la cocina, trasteando con el tapete de jugar al tute. Sus picos estaban chamuscados por los cigarrillos y las cartas desperdigadas por doquier. Cuan feliz era al revivir aquellos momentos que tanto echaba de menos. Aunque solo fuera en un sueño. Porque era plenamente consciente de que aquello era un sueño, mezclado con algunos buenos y lejanos recuerdos.

— ¡Nena, Baja las cartas! — Enrolló con cuidado el tapete y agrupó las cartas mientras bajaba corriendo las siete escaleras hasta el merendero. La radio semicilíndrica que descansaba en un bordillo sintonizaba Kiss FM. El vaso de té verde, con un plato blanco por abajo y otro por arriba, ya estaba sobre la mesa, junto al cenicero un bolígrafo y una libreta llena de marcas; victorias, derrotas y empates de cada jugador. — La vida es como esta libreta. Sabes que anotarás cada resultado, sea el que sea, y que debes seguir jugando. El computo final es el que cuenta, pero se hace menos importante cuando aprendes a disfrutar de cada partida. — Dijo la voz femenina y adulta que llevaba una bata verde, consumida por los mismos agujeros que el descuidado tapete de cartas. Exhaló humo de su cigarro y sonrió. Ambas sonrieron. La niña se sentó a su lado, en la cabecera de la mesa.

— ¿Leíste lo que escribí sobre ti? – Preguntó la niña.

— Por supuesto.

— ¿Te gustó?

— Sí, y supongo que gracias a ello estamos ahora aquí, en un buen recuerdo.

— Te echamos de menos.

— Lo sé.

Todo parecía confusamente real. Se observaron mutuamente, tranquilas, en calma, a gusto bajo ese sol radiante de primavera. Tendida en su cama, fuera del sueño, sentía la humedad de las lágrimas por su cara. Se levantó y abrió la ventana involuntariamente, después se dejó caer en el suelo de rodillas.

— Corre, coge un poco de helado de la cocina. — Dijo la voz.

— No. – Dijo la niña algo asustada. Completamente paralizada.

— Sé que quieres seguir aquí, pero entiende que nunca volveremos a estar juntas. Sé que te acuerdas de mi, leo cada cosa que escribes y yo te cuido lo mejor que puedo, él te lo ha dicho «soy tu ángel´´. — El olor a tabaco se intensificó, y el calor del sol era asfixiante. Solo su voz dulce apaciguaba esa sensación, ese dolor hasta entonces desconocido.— Recuerda que estoy orgullosa de ti, y no quiero que nadie te haga daño. Llévame siempre en tu corazón y sigue tu camino por donde creas conveniente, vas a ser una gran persona, y yo estaré a tu lado. Te lo prometo. Ahora descansa que mañana hay que madrugar. >>

Mientras reía a carcajadas, como cuando ganaba una partida haciendo alguna trampa, su voz se apagaba, el olor a tabaco iba disminuyendo. La música de la radio fue de sus sentidos lo último que escuchó antes de despertarse completamente.

Estaba en el suelo, con la camiseta empapada en lagrimas y el corazón desbocado. La mano le ardía y sentía la cabeza a punto de estallar. Ni rastro de calor, era el frío el que hacía sacudir su cuerpo temblando y se levantó mareada para cerrar la ventana. Se lavo la cara en el baño, y volvió a meterse en la cama.

La mezcla entre los sueños y la realidad que sufría era lo que más le costaba asimilar, nadie sabia lo que sufría cuando aquello ocurría, no compartía aquella experiencia con nadie. No controlaba el momento en el que quería seguir soñando o despertarse y dejar de soñar, como tampoco cuando se levantaba y hacía cosas de las que luego no se acordaba.


Pese a ello, había estado con ella, hacia unos segundos. Ya no recordaba su voz, pero oía en la lejanía su risa, olía a tabaco y sentía el tacto del tapete en sus manos. Eso le bastaba.


La echaba de menos.

Quizá tenia razón y debía dejarse llevar.

Ya no era una niña. Le gustaba su vida tal y como era; podía ser mejor, pero con lo que tenia se conformaba de momento. Debía madurar, siempre seguir creciendo.

— Seguiré jugando, te lo prometo.

Frotó sus nudillos antes de volver a dormirse, y se prometió tomarse las derrotas más apaciguadamente. En sus labios, como si un ángel le hubiese susurrado un ‘te quiero’, se dibujó una línea curva apuntando hacia el cielo.

‘Sueños, recuerdos, realidad’, escrito el 17 de mayo de 2014

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