Escribiendo mis relatos siempre he encontrado algo de consuelo en intentar compararme con la naturaleza. Reconozco en mí cierto alivio interior al contemplar un atardecer. Por un rato, es como si todo en la vida tuviese un sentido fácilmente interpretable, y de manera sencilla, gozo de ese instante de forma plena. Tras ese momento cumbre, suelo intentar hacer memoria de cuándo fue la última vez que me sentí así, para después, respirar profundo y prometerme a mí mismo proveerme de esa calma más a menudo.
Querría saber cuántas horas he pasado mirando al cielo soñando despierto, encontrando respuestas que tan solo habitaban en mí. Entre las nubes he descubierto un espejo muy grande, donde contemplar desde la altura mi insignificancia con respecto a la complejidad de las cosas. Mis problemas no son tan grandes como parecen, al menos desde ahí arriba.
No sabría distinguir si el color azul de mi aura proviene del cielo o de la mar. Ambos están separados en el horizonte por una imperceptible línea que no alcanza a ver mi limitada vista. Ahí es donde dejo que se pierdan mis creencias más arraigadas, dejo que se difuminen en la lejanía para brindar espacio a lo que tenga que venir, pero jamás olvido que resido en la tierra.
Más de una vez hablé de cambio, de grandes e intempestivas tormentas, y de cómo me tambalearía, zarandearía y caería; pero crecería. Y es cierto, ahora ya no importan los jirones, las astillas, ni siquiera haber arrancado de raíz lo que no quería crecer pero me consumía. He aprendido que lo oculto no siempre germina. Es cierto que las emociones reprimidas se filtran, y mientras tanto, crean espinas que lo desgarran todo tarde o temprano.
Ahora divago en lugares que alguna vez me sirvieron de inspiración. El gentío de antaño ha pasado a ser un murmullo apacible y, en mi cuaderno escribo disfrutando más que nunca del aroma del café. Es curioso cómo, a veces crecen rosas blancas donde tú habías creído plantarlas rojas. Es gratificante descubrir que tenía, al menos, algo de razón en que merece la pena vivir, en mantener mi esencia como una relación amorosa, sólida, estable, pura y eterna conmigo mismo hasta que muera; y quizá más allá.
Aunque me encanta aprender de mis propias metáforas y de su incesante evolución, me he dado cuenta de que no comparto algo con la naturaleza de las plantas. Hay una única luz que me alimenta, y no proviene de fuera, sino de dentro; en los días más oscuros, ella ilumina el camino, ella nutre lo que debe continuar vivo, hace su propia selección natural, permite que crezca algo que siempre supe, debe ser grande y hermoso, por encima de todo: el corazón.

Deja un comentario