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Escribir para mí es, aunque nadie me lo haya preguntado, abrir una puerta que conecta con mi universo interior, y que fluye a través de mi mano derecha.

Mis ojos se gratifican supervisando la forma de las letras que, a borbotones, se convierten en palabras con algún tipo de sentido implícito.

Pero hay veces que la concentración, o quizá el trance, me lleva a cerrar los ojos y dejar que broten las anécdotas, ideas, sueños, miedos, inseguridades, paranoias mentales… Sin importar la caligrafía.

Suelo sentirme como en una habitación cerrada, en la que se condensa el aire de manera rápida y asfixiante; por lo que escribir es abrir puertas y ventanas de par en par, dejar que mi mundo espire e inspire.

Nadie nos enseña como respirar, al parecer nacemos sabiendo. El resto de nuestra vida respiraremos sin consciencia, salvo que en la consciencia de que lo hacemos, decidamos marcar la diferencia. Ahí nace el amor propio, en reaprender a respirar, por nosotros, para nosotros. El cómo no importa, pero el arte de las cosas más sencillas suele ayudar.

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