Una vez más en el asiento del autobús de vuelta a casa, pensando en escribir algo hoy. En una de las paradas miré por la ventana, en un paso de cebra había una familia de padre y madre; su hija, que no tendría los cuatro años, llevaba un vestido rojo que se zarandeaba hacia todos lados mientras ella saltaba y reía. Tenía el pelo corto y rubio, pero lo que más lucía era su sonrisa, mientras miraba sus zapatitos blancos. En algún momento todos hemos sido así ¿no? Correteando sin descanso, obnubilados por un pensamiento que no debe rendir. Me dio mucha envidia.
La niña, antes de llegar a la acera se calló de morros. Debió de rasparse la mano, porque fue lo primero que le enseñó a su madre en cuanto la recogió. Ambos padres la atusaron y la enderezaron, seguramente diciéndola que no había sido nada. ¿Iba a llorar? Por su para pareció que si, pero la niña se sacudió las manos y siguió caminando. Mientras mi bus se alejaba, de reojo pude ver que la niña ya no saltaba, solo continuaba.
Llegué a mi casa exhausta. Dándole más vueltas al camino que estaba tomando todo a mi alrededor, a como dar forma a las cosas y cómo enfrentarme a los retos. Mientras comía, oí escandalosos gritos en la calle. El mundo está loco, pensé. Pobre niña.

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