A veces Alice se deja el vinilo dando vueltas toda la noche. Suele pasarme que al desvelarme, me paseo por la casa para poder volver a encontrar el sueño. Al menos cuatro noches a la semana la encuentro dormida en la butaca del salón. Con su cabeza recostada en su brazo y éste sobre la mesilla de la lámpara de pie. Los libros que lee suelen estar o en el suelo o sobre su regazo. Sus largas pestañas, que ocultan unos grandes ojos zafiro, me permiten apreciar ese momento tan especial, en el que puedo disfrutar, desde el marco de la puerta, el inocente y delicado rostro del amor de mi vida.
Ayer sacó de la huerta del patio unos tomates y verduras varias, entró en la cocina silbando como un pajarillo, trajo consigo la luz que le faltaba al día. Dijo que me sentase, que aprovechase el tiempo para llamar al pequeño Dani, para ver cómo le había ido en sus clases. Mientras ella, sacando algunas cazuelas con energía, me dijo: ‘Te cocinaré Ossobuco, tal y cómo te gustaba de joven’. Tenerla por aquí es como recuperar la esencia de la vida misma.
El otro día la pillé, chateando con sus amigas, reía a carcajadas. ¿He dicho que cuando está aquí me alegra el día? Puedo pasarme horas oyéndola reír, viendo cómo se la ponen las mejillas rosadas y la lloran los ojos con ese brillo especial. Está aquí. Conmigo. Que suerte tengo. Alguna vez la he preguntado de qué se ríe tanto, ella tontita me responde: ‘Cosas de jovencitas, no lo entenderías’. Lo que no sabe es que yo si lo entiendo, claro que lo entiendo, pero bajo otro contexto: respeto sus momentos de intimidad porque ella siempre ha hecho lo mismo conmigo. Desde el mismo marco de la puerta disfruto tan solo de su presencia; al cuerno de lo que estén hablando por teléfono. Aunque me divierte ver cómo escribe despacio de tanto que no aguanta la risa.
Y allí, en la butaca, tapada por una manta, me pregunto cuánta buena suerte he tenido en esta vida. Ella abrió mi pecho en carne viva, cogió mi corazón entre sus manos y lo acarició, le susurró que no tuviese miedo a crecer, lo sanó, fue como un bálsamo que tan pronto como me destrozó la percepción de la realidad, me construyó en confianza y tesón. Cada día hizo de mí alguien mejor, siempre intentando entenderme, dándome su mejor versión, anteponiéndome quizá por puro instinto de guerrera… Jamás me abandonó, ni cedió a calumnias o enfados monumentales, jamás me amenazó con acabar con su vida porque ésta no tenía sentido; ella tampoco era de esas. Estando juntos la vida alcanzaba un sentido más amplio.
Veo de nuevo su rostro, con tan profunda y armónica serenidad, y doy gracias por cada uno de los detalles en los que me hizo fijarme, por cada una de las tonterías estúpidas que cometimos saliendo bien o mal parados, por cada enfado solucionado a besos, por cada gesto generoso y lleno de auténtica misericordia como nadie puede comprender… Ahora, cuando no está, soy yo quien vela su ausencia, y acompaña a lo que queda de ella con valor, amor y respeto, por lo que siempre ha sido, una gran mujer, mi mujer.
Desde hace años ha ido perdiendo la memoria. Se levanta por las noches para hacer oír sonar ‘Parlez-Moi D’amour’ de Lucienne Boyer, y con una sonrisa dulce se abstrae del dolor que la produce no ser ella misma, no como antes, perdiéndose poco a poco como una vela que consume los últimos destellos del pabilo. Yo la despierto, con besos en la mejilla, a veces está, a veces no. Pero siempre viene conmigo, de nuevo a la cama, nos acurrucamos como podemos, porque estamos viejos, y ella cierra los ojos susurrando: ‘Vous répétiez ces mots suprêmes’ y yo contesto ‘Je vous aime’.
Por todas las mujeres de nuestras vidas, no solo hoy, sino cada día. Por llenar de luz la oscuridad.
Feliz día de la Mujer.

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