Rings

Siempre había confiado en el número tres, aunque el dos era su número favorito. El tres reconfortaba su mente, la dualidad le agobiaba. Tres, y no dos, eran los anillos que un día había cogido del joyero de su madre. De entre los más vistosos ella escogió los más sencillos. Tres, y no dos, ni uno. Tres anillos que encajaban sin importar su orden. Con ondas en su forma y tan solo una posición para que tres se hiciesen uno. Ondas de plata que lucía por separado, y solo ella sabía que en realidad tres había.

Le gustaba pensar que aquellos tres anillos eran un símil de la vida, un vaivén plateado que representaba el futuro, el presente y el pasado. Giraba uno de los anillos entre sus dedos, tendida en la cama, a primera hora de la mañana. Aquel anillo, y solo aquel, lo había perdido y vuelto a encontrar de la forma más fortuita.

Allí, siendo la habitación inundada por los primeros rayos de sol, se descubrió pensando en las numerosas veces que había pensado en ese anillo durante su ausencia. Sin duda era el anillo del pasado, o de eso se había convencido; así era más fácil superar su pérdida. El pasado, pasado estaba, pero siempre lo recordaría, estuviese donde estuviese. Un anillo no podía tener tanta importancia, pensó. Pero, en cambio, la tenía.

Encontrarlo no habría marcado un antes y un después si no le hubiese prestado atención a aquel pedazo de plata, pero lo había hecho. Había conjurado las palabras adecuadas, en el momento exacto, en el sitio correcto. Y el anillo, como por arte de magia, había aparecido.

Seguía dándole vueltas más a la cabeza que a aquel objeto inerte. Sabía que sus palabras a menudo tenían consecuencias nefastas. ¿Y si aquella vez no era diferente? Iba buscando lo difícil, lo atrevido, lo complejo; por lo que era de esperar que siempre perdiese: las ganas, la felicidad, su cordura… Pero nunca había perdido un anillo así, y lo había vuelto a encontrar. ¿Qué estúpido parece, verdad?

Las cosas no habían cambiado en absoluto, o al menos no las esenciales, quizá por eso, y no por otra cosa; debía conservar aquel objeto hasta que todo se transformase de nuevo. Ella creía en la magia, en que hay cosas que pasan porque tienen significado. La vida no es inmóvil, todo está en constante cambio. La magia existe, así como el efecto de las palabras que pronunciamos.

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